Hay escenarios que el terror ha explotado hasta el cansancio. Mansiones abandonadas, hospitales, bosques, escuelas y pasillos infinitos forman parte del imaginario del género desde hace décadas. Buenos Aires Mirror Line decide ir por otro camino y encuentra el miedo en un lugar mucho más cercano para cualquier argentino, uno que millones de personas recorren todos los días casi sin pensarlo, el colectivo. Este deja de ser un simple medio de transporte para convertirse en el escenario principal de una experiencia donde la realidad empieza a romperse lentamente.
La idea no aparece de la nada. Luka Rizzi y Rafael Di Carlo ya habían trabajado anteriormente con juegos que toman un concepto muy específico y construyen toda la experiencia alrededor de él. En este caso, la apuesta consiste en transformar algo completamente cotidiano en un espacio de incertidumbre, aprovechando todas esas sensaciones que forman parte de viajar de noche, subir a una línea desconocida o encontrarse prácticamente solo mientras la ciudad parece apagarse y es ahí es donde el juego empieza a construir su identidad.
Un viaje que nunca parece terminar

Las anomalías como motor de la experiencia

Un homenaje al folclore del AMBA
Si hay algo que diferencia a Buenos Aires Mirror Line de muchas otras propuestas independientes es su identidad. El colectivo no aparece solamente como escenario, sino como un símbolo profundamente ligado a la cultura argentina, especialmente a quienes viven dentro del Área Metropolitana de Buenos Aires. No es casual que el juego tome ese elemento como eje central, porque pocas cosas representan mejor la rutina cotidiana de millones de personas.
El propio recorrido del transporte público forma parte del imaginario colectivo. Todos recuerdan haberse perdido alguna vez, volver de madrugada mirando por la ventana o encontrarse con personajes completamente extraños durante un viaje y el título aprovecha ese imaginario compartido y lo transforma en una experiencia de terror, logrando que el jugador conecte inmediatamente con situaciones que, aunque exageradas, resultan sorprendentemente familiares. Es un tipo de horror que funciona porque habla el mismo idioma que su público.

Buenos Aires Mirror Line dura apenas poco más de una hora, pero nunca da la sensación de necesitar mucho más tiempo para desarrollar su propuesta. Su principal objetivo no es contar una historia gigantesca ni construir un universo complejo, sino transmitir una sensación muy específica, y en ese aspecto cumple con creces.
Puede que no sea un juego pensado para todos los públicos, especialmente para quienes no disfrutan del terror psicológico o de las experiencias más experimentales. Sin embargo, es difícil encontrar otra obra que represente con tanta naturalidad un aspecto tan cotidiano de la vida argentina y consiga convertirlo en una fuente constante de incomodidad. Más que un juego sobre colectivos, el último juego de la dupla termina siendo un retrato distorsionado de una rutina que millones de personas conocen de memoria, y justamente ahí encuentra toda su fuerza.




